y no te serviste de él, y no le enriqueciste!
--Me enorgullecéis, monseñor, --repuso el capitán, --y
estoy encantado de vos.
--¿No es verdad que estoy bien señalado, capitán? ¿No
es verdad que el rey me ha traído aquí para ais-
larme de París, donde tengo tantos amigos, y para apoderarse de Belle-Isle?
--Donde está Herblay, --repuso D'Artagnan.
Fouquet levantó la cabeza.
--En cuanto a mí, monseñor, --prosiguió D'Artagnan, --puedo
afirmaros que el rey nada me ha dicho
contra vos.
--¿De veras?
--Me ordenó que viniera, es cierto, y que nada dijese al señor
de Gesvres.
--Amigo mío.
--Al señor de Gesvres, --continuó el mosquetero. --El rey me ordenó
también que me trajese una bri-
gada de mosqueteros, lo cual es superfluo en la apariencia, ya que aquí
está todo tranquilo.
--¿Una brigada? --dijo Fouquet incorporándose.
--Noventa y seis jinetes, monseñor, igual número que tomaron para
arrestar a los señores de Chalais, de
Cinc--Mars y Montmorency.
--¿Qué más? --preguntó el superintendente aguzando
los oídos al escuchar aquellas palabras vertidas
sin intención aparente. --Otras órdenes insignificantes, tales
como guardar el palacio, vigilar todas las
habitaciones y no dejar que esté de centinela ningún soldado del
señor Gesvres, vuestro amigo.
Y respecto de mí, ¿qué órdenes os dio Su Majestad?
--Nada me dijo.
--Señor de D'Artagnan, va en ello mi honra, y quizá mi vida. ¿No
me engañáis?
--¿Yo engañaros? ¿con qué objeto? ¿Acaso
estáis amenazado? Ahora, tocante a las carrozas y a las bar-
cas, sí, hay una orden...
--¿Una orden?
--Sí, monseñor, pero no os concierne. Es una simple disposición
de policía.
--¿Cuál, capitán? ¿cuál?
--Que no puede salir caballo ni barca de Nantes sin salvoconducto firmado del
rey.
--¡Dios me valga! pero...
--Bien, --repuso D'Artagnan riéndose, --pero esa orden no estará
vigente hasta que haya llegado Su
Majestad a Nantes. Ya veis pues, que la orden nada tiene que ver con vos.
Fouquet se quedó pensativo; pero el mosquetero hizo como que no advertía
su preocupación.
--Para que yo os confie el tenor de las órdenes que me han dado, --prosiguió
D'Artagnan, --es menester
que os profese hondo afecto y que tenga empeño en que ninguna vaya dirigida
contra vos.
--Sin duda, --repuso con distracción el ministro.
--¿Sabéis, señor Fouquet, que si en lugar de habérmelas
con un hombre como vos, que sois uno de los
primeros del reino, me las hubiera con una conciencia turbada e inquieta, me
comprometía para siempre?
¡Qué buena ocasión la presente para quien quisiere poner
tierra por medio! Ni policía, ni guardias, ni órde-
nes; libre el agua, espedito el camino, el señor de D'Artagnan obligado
a prestar sus caballos si se los pidie-
ran... Eso debe tranquilizaros, monseñor; porque es obvio que, de sustentar
malos designios, el rey no me
habría dejado tan independiente. En verdad, señor fouquet, pedidme
cuanto os agrade; estoy a vuestra dis-
posición. Lo único que reclamo de vos, si consentís, es
que de mi parte saludéis a Aramis y a Porthos, digo
si os embarcáis para Belle-Isle, como tenéis derecho a hacerlo,
en el acto, de bata, como estáis.
Con esto y una profunda reverencia, el mosquetero, cuyas miradas no habían
perdido nada de su inteli-
gente benevolencia, salió del dormitorio y desapareció; pero aun
no había legado a las gradas del vestíbulo,
cuando Fouquet, fuera de sí, tiró del cordón de la campanilla
y gritó:
--¡Mis caballos! ¡mi esquife!
El superintendente, al ver que nadie le respondía, se vistió con
lo que encontró a mano.
--¡Gourville!... ¡Gourville!... --gritó el ministro.
Gourville entró pálido y jadeante.
--¡Partamos! ¡partamos! --exclamó el superintendente al ver
a su amigo.
--Es demasiado tarde, --contestó Gourville.
--¡Demasiado tarde! ¿por qué?
--¡Escuchad!
Ante el palacio se oía el rumor de trompetas y tambores.
--¿Qué es eso, Gourville?
--Llega el rey, monseñor.
--¡El rey!
--El rey, que ha venido a marchas forzadas y reventando caballos y se ha anticipado
ocho horas a todos
los cálculos.
--¡Estamos perdidos! --murmuró Fouquet, --¡Ah! buen D'Artagnan,
has hablado demasiado tarde.
En efecto, en aquel instante el rey llegaba a Nantes, y a poco tronaron los
cañones de las murallas y los
de un buque de guerra anclado en el río.
Fouquet frunció el ceño, llamó a sus ayudas de cámara
